Gastâo Heberle, el hombre tranquilo
(Foto: G. Heberle en ‘Sargantana’, Sant Josep. Vicent Marí)
Por Vicente Valero
No sé si Gastâo Heberle siempre fue un hombre tranquilo o empezó a serlo cuando encontró por fin su lugar, hace ya treinta años, en Sant Josep, seguro que inesperadamente, y sólo después de haber probado una nueva vida en unas cuantas ciudades europeas. Porque este hombre tranquilo, afable y culto, buen conversador, exageradamente discreto, llegó a Eivissa junto con su mujer, Jussara, pintora bien conocida desde hace tiempo entre nosotros, después de un largo periplo.
Salió en 1968 de Brasil, país en el que nació en 1944 –en la región de Rio Grande do Sul–, acosado por la dictadura militar del general Costa e Silva. Era entonces un joven profesor de latín y griego, y un intelectual comprometido, cuya firma se estaba haciendo habitual en los periódicos de Portoalegre. Una beca de estudios le permitió viajar entonces a Moscú, de donde no tardó en marcharse al comprobar que, huyendo de una dictadura, acababa de meterse en otra. Ya con Jussara, que entretanto también consiguió salir de Brasil con una beca, se instalaron en Estocolmo, donde trabajaron en un hotel. Poco después, en 1970, decidieron viajar a Madrid, donde pudieron vivir de sus ahorros daneses por un tiempo. Conocieron allí al actor Julián Mateos, que vivía con una prima de Jussara, y que no solamente les ayudó a instalarse en la capital, sino que les recomendó, cuando llegó el verano, que viajaran a Eivissa. Y así lo hicieron.
Después de Madrid, y ya con el paisaje ibicenco en sus retinas, Gastâo y Jussara vivieron en París. Él trabajó como portero en la ciudad universitaria; ella, como dependienta en una perfumería. Y después Barcelona, Colonia, Lisboa, entre becas de estudio y trabajos diversos. Desde donde estuvieran, cuando llegaba el verano, viajaban siempre a Eivissa, hasta el año 1977, cuando definitivamente decidieron que no valía la pena seguir dando vueltas por Europa y se quedaron a vivir en la isla.
Galerías Sargantana y Berri
En Sargantana, la pequeña botiga de arte, junto a la iglesia de Sant Josep, que abrieron nada más instalarse en la isla, Gastâo pasa sus horas matinales, atendiendo a clientes y turistas que asoman primero la cabeza tímidamente y después entran y miran los cuadros de Jussara y de otros artistas. Sentado lee a Faulkner, por ejemplo, uno de sus autores favoritos, o habla por teléfono mientras hojea la prensa. Es un hombre tranquilo, ya lo hemos dicho, sonríe fácilmente, saluda a todo el mundo y conoce bien la pequeña vida cotidiana del pueblo. Sargantana es un espacio minúsculo que antiguamente había servido como parking para las mulas de los payeses que iban a misa. Mulas ya no hay, pero moscas sigue habiendo unas cuantas, sobrevuelan por entre nuestras palabras, hasta que se posan tranquilas en algún lugar y descansan.
Gastâo Heberle, descendiente de alemanes emigrados a Brasil en 1828, es escritor. O lo ha sido cuando le ha apetecido serlo. Siento un poco de pena por los lectores que no han tenido la suerte de leer su delicioso librito titulado ‘Los trabajos y los días’, publicado en 1979 e ilustrado por Jussara. En esta pequeña joya hoy imposible de encontrar, Gastâo describe, con un puñadito de cuentos, la nueva sociedad en la que, llegando desde tierras lejanas, ha empezado a vivir. Otros viajeros lo intentaron, pero pocos han conseguido aproximarse tan certeramente, con una prosa tan limpia y cuidada, llena de silencios y de emoción. Creo que con este libro, Gastâo, y también Jussara con sus delicadas pinturas, ofrecieron ya, nada más llegar a la isla, un auténtico homenaje, una muestra sincera de amor. Años después, Gastâo volvió a la escritura y publicó ‘Boira’, otra colección de cuentos inspirados en la vida local.
De 1980 data la fundación de la Galería Berri. Y ahora nos vamos a Sant Agustí, que era, según parece, el lugar más alejado de Sant Josep al que Gastâo estaba dispuesto a viajar en aquellos días de remanso. Si Sargantana ha sido siempre, sobre todo, una botiga, como a él le gusta llamarla, la Galería Berri nació como galería de arte con todas sus consecuencias. Casi treinta años después, la galería es una de las pocas de la isla que ha resistido a los embates económicos o anímicos. Ahí está todavía, con sus nueve o diez exposiciones por temporada, desde abril a noviembre, y su horario más bien nocturno –abre a las ocho de la tarde.
También aquí, Gastâo es el hombre tranquilo que te recibe con amabilidad, que charla contigo sobre cualquier tema, delante de la iglesia del pueblo. Creo que también a mí, si fuera pintor, me gustaría poder exponer algún día en esta galería, ver reposar mis cuadros en el silencio nocturno del pueblo, verlos tranquilamente olvidados del mundo, expuestos solamente para la mirada fortuita o sorprendida del solitario que pasa y asoma primero tímidamente la cabeza, y entra y, sin saber por qué, se siente contento de haber entrado.
Desde hace algunos años, lejana ya aquella dictadura que le hizo marchar, Gastâo pasa los meses de nuestro invierno en Brasil. Tiene una casa en el campo, en Caçapava, localidad situada en la frontera con Uruguay. Y allí se ocupa de una actividad que nadie sospecharía, ni siquiera sus amigos más íntimos. Es ganadero. Cuida de los bueyes, a los que les ofrece una buena cantidad de héctareas de pasto. «No es un buen negocio -me dice-, pero es bonito». Sin piensos ni hormonas: sus bueyes engordan solamente con la buena y sana hierba del invierno. Tardan cuatro años hasta llegar a pesar 500 kilos. No puede competir con la mayoría de los ganaderos profesionales, pero reconoce, y aquí esboza Gastâo otra pequeña sonrisa, que su carne es maravillosa, tierna y sabrosa «como el pescado de roca ibicenco».

Un gran elogio para Gastao. Buen amigo, tierno personaje de Ibiza. Lo conozco desde que venía a Ibiza esporádicamente y siempre me han parecido tanto él como Joussara unas personas encantadoras y auténticas y que valoran Ibiza más que la mayoría de ibicencos.
Es un placer y un honor tenerlos como amigos.
Nieves