Rafael Tur Costa: verdad y memoria
El libro de Rafael Tur Costa ‘Un al-lot eivissenc a la guerra civil’ cayó en mis manos por casualidad, sin recomendaciones ni referencias, a finales del año pasado. Su título despertó mi curiosidad por dos razones principales: en primer lugar, porque tengo una particular predilección por las escasas prosas que nos dejan los poetas, los músicos y pintores, en quienes descubro una sorprendente frescura y una especial sensibilidad; y en segundo lugar, porque el libro recoge, como su título apunta, una experiencia personal de considerable calado, y eso, entre tanta ficción y novelería, es siempre impagable.
Sin otras premisas, inicié su lectura que no recuerdo cuántas horas duró, pero sí sé que, desde que lo abrí, no pude dejarlo. Y que cuando lo acabé, muy entrada la noche, tuve el convencimiento de que Rafael Tur Costa, sin buscarlo, nos había regalado una joya, un pequeño-gran-libro. Por lo que decía y por cómo lo decía. Pensé que, muy posiblemente, para escribirlo, el autor había tenido que esperar muchos años. Para ganar perspectiva y encontrar el tono justo. Para distanciarse de los hechos y poder asumirlos.
En la narración de Tur Costa sorprende, por ejemplo, que el drama que se explica quede encastrado en la urdimbre de circunstancias que se describen con una naturalidad que sólo puede dar la interiorización, la madurez y la bonhomía. Y es que, aunque se recogen hechos estremecedores que no esquivan nombres y apellidos, no hay en la descripción atisbo alguno de vindicación o desquite. Tur Costa defiende la verdad y salva la memoria, pero lo hace con admirable contención y sin dejar de hablarnos de lo cotidiano, el pueblo, el río, la escuela, el cinematógrafo, las casas en las que vivió, sus amigos, sus vecinos, sus juegos, sus experiencias infantiles y la miseria de posguerra. En el ínterin, pasa lo que pasa, pero se explica llanamente, sin subrayados ni exclamaciones. Con sentimiento y ternura. Sin odio. Desde una paz interior muy trabajada. Desde la esperanza y el deseo de que cosas así no puedan volver a pasar.
De la memoria a la pintura
Al cerrar el libro, tuve la necesidad imperiosa –que en ninguna otra ocasión he sentido- de conocer a su autor. Para darle las gracias por su temple, su sensibilidad y su testimonio. De manera que, sin pensarlo dos veces, al día siguiente –era media mañana–, me presenté en su casa sin aviso. Pudo más mi interés por conocerle que las buenas maneras que aconsejaban otra forma de encuentro. El caso fue que me abrieron la puerta y que, después de presentarme y explicar el estrafalario motivo de mi visita, me acompañaron a una sala grande y luminosa. Al fondo, en un rincón en el que había un fregadero, Rafael, con una holgada camisa remangada, limpiaba con aplicación unos peces que, con toda seguridad, él mismo había pescado con su barca: molls, serrans, mabres, esparralls i alguna donzella. Tenía el grifo abierto y, debajo del chorro del agua, los desventraba y les quitaba las escamas. Nada más verme, se lavó las manos, se las secó y se acercó a saludarme. Me sorprendió la inmediatez de su atención y su cordialidad, porque hizo que me sintiera como si ya nos conociéramos, como si fuéramos amigos. Pero el grifo de la cocina había quedado abierto y, al rebosar el fregadero, el agua acabó derramándose por el suelo. Esta anécdota, aparentemente insignificante, me confirmó algo que ya sabía por el libro: la importancia que para Rafael tenía el factor humano. Todo lo demás quedaba en segundo plano. No importaba que no me conociera de nada.
Yo había seguido desde años atrás su trayectoria como pintor y, de una forma un tanto ingenua, le manifesté no sólo mi admiración por su trabajo, sino mi sorpresa por el libro que me había parecido extraordinario por su sencillez, su valentía y su belleza. Y le dije lo que pensaba sin ningún pudor. Le comenté que me parecía un texto muy superior a otros, supuestamente canónicos, que recogen hoy los manuales de literatura. El pintor me escuchaba con un punto de perplejidad y una sonrisa, mientras yo le decía que, al margen de conocerlo personalmente, el motivo de mi visita era también el de explicarle mi convencimiento de que entre sus cuadros y su libro había una relación profunda y manifiesta. En los contenidos y en la misma expresión. Creo que supo desde el principio a qué me refería, pero, pacientemente, me dejó hablar. Y la forma de explicarme que consideré más efectiva consistió en aplicar a su libro, con estricta literalidad, los comentarios que los críticos habían dedicado a su pintura.
Le recordé lo que Marià Villangómez dice de sus lienzos, que «al fons de la llum, es present una duresa que, en meditada i com a filtrada comunicació, no es complau a exhibir el nervi i el drama inevitable». Y que en sus trabajos vemos siempre una obra «tranquil·la més que optimista, una obra que no es commou ostensiblement amb els accidents que surten al pas». Y traje a colación lo que Fernández Molina comenta de sus obras, que «siempre invitan a la reflexión, al silencio y a la aceptación de una atmósfera de convivencia». Y le recordé, finalmente, el texto preciso y revelador de Antoni Marí: «El blanco roto, dramáticamente desgarrado, sin perder, sin embargo, una elegancia severa y ética, parece mostrar una herida que no acaba de cerrarse y que a punto de ser cubierta por el blanco, muestra su voluntad de permanecer entre los intersticios de la memoria y de la cal». Es exactamente lo que el libro hace, descubrirnos la injusta expulsión del paraíso que para Tur Costa conformaban la isla, la familia y la infancia.
Aquel mundo feliz que los acontecimientos agrietan son los luminosos blancos del pintor que quedan dramáticamente desgarrados «en los intersticios de la memoria y de la cal», y en los que queda una herida difícil de cerrar.
Los trágicos hechos que el libro descubre, en su pintura se convierten en alegorías, en plásticas y metafísicas analogías, en representaciones de la dualidad que se da siempre en la existencia, una realidad en la que, por debajo del orden y la serenidad, amenaza la ignominia, la villanía, el caos.
El hecho es que en las composiciones de Tur Costa –en sus cuadros y también en el libro- domina la paz, la concordia, el silencio, la luz de los blancos que, sin embargo, tienen casi siempre alguna inquietante rasgadura y pequeñas motas de color que son, tal vez, un aviso. El silencio, en sus cuadros, se ve roto por el grito y en su encalmada orografía irrumpe una amenaza innominada. La perfecta armonía de la composición suele tener un punto de ruptura por el que asoma el absurdo, el mal, el vacío.
Tur Costa nos aporta –en sus pinturas y en su libro- una catarsis ejemplar y aleccionadora, una bellísima y dolorosa lección.
