José Morella: “Los inmigrantes agradecerían que les dejáramos en paz”
Por Fernando de Lama
José Morella (Eivissa, 1972) ha obtenido el reconocimiento de la crítica con su segunda novela, ‘Asuntos propios’, publicada por Anagrama tras quedar finalista del prestigioso Premio Herralde. En ella repasa los miedos de la sociedad actual a través de sus dos protagonistas, Roberto, un traductor jubilado, y Jacinta, su nueva asistenta africana. La relación amorosa que surge entre los dos desata la envidia y los prejuicios de las personas que están a su alrededor y acaba coartando su libertad de amarse y de vivir su vida a su manera.
—Ha elegido como protagonistas de ‘Asuntos propios’ a dos marginados, un viejo y una inmigrante, ¿Considera que se trata de una novela sobre la marginación?
—Sí, me parecía necesario hablar de cómo discriminamos. No sólo de la discriminación obvia de quien siente rabia contra el extranjero, sino también de ese discurso buenista que trata al inmigrante con un irritante paternalismo, como a alguien necesitado de ayuda. Es decir, como a alguien inferior. Pero no lo es. Es un igual. A los europeos nos encanta el papel de benefactores de la humanidad, y lo usamos para lavar nuestra conciencia y proyectar una egocéntrica imagen de héroe de salón. Yo creo que los inmigrantes, como todo el mundo, agradecerían mucho que, simplemente, les dejáramos en paz. Que los ignoráramos, que nos ocupáramos de nuestros asuntos. Los extranjeros no piden que les marginemos ni que les protejamos. Ambas cosas sobran. Por eso un ‘progre’ y un conservador se parecen: los dos quieren meter baza. Uno quiere arreglar el mundo, el otro controlarlo. Roberto y Jacinta no le piden nada a nadie. Son los demás quienes se interponen en sus vidas.
—Precisamente ellos son los únicos que muestran inteligencia, espiritualidad, independencia, sentimientos humanos, unos valores que parece que niega a los demás, a la sociedad que les margina.
—Solemos marginar por pura inconsciencia, guiados por emociones. Por el contrario, cuando nos esforzamos en observar al otro con la conciencia alerta, sin dejarnos llevar por impulsos, es mucho más difícil discriminar. En lo que disiento de tu planteamiento es en que los que marginan no tengan sentimientos humanos. Es justo lo contrario, están desbordados por los sentimientos: el miedo a perder las posesiones materiales, el miedo a lo desconocido, los mecanismos psicológicos de defensa, todas esas cosas son muy humanas. Nos definen. El error nos define, es nuestro modo de aprender. No entiendo por qué unas sociedades tan supuestamente avanzadas como las europeas tienen tanto miedo a sus propios errores. ¿No será que no son tan avanzadas como parecen? La hija de Roberto es terca y estrecha de miras, pero no es esencialmente una mala persona. Su racismo es, simplemente, inconsciencia y ceguera. Ni siquiera conoce a Jacinta. No sabe lo que hace, no sabe lo que dice. Está equivocada. La buena noticia es que estar equivocado tiene arreglo. Los marginados, por supuesto, también se equivocan. Roberto se equivocó ausentándose de la educación de su hija, cuarenta años atrás. Yo no diferencio entre dos grupos, marginados y opresores, en la sociedad. Todos podemos ser una cosa u otra en momentos determinados. Nuestra identidad es muy elástica, no se parece a sí misma todo el tiempo.
—La familia tampoco sale muy bien parada, incluso comienza escribiendo que la familia nos reprime y a la vez nos obliga a hacer cosas que no deseamos.
—No, en absoluto digo que la familia nos reprima o nos obligue a nada. Lo que digo es que, para conocer a tu propia familia, un buen método sería preguntarte qué cosas haces y no harías, y qué cosas harías pero reprimes. No es lo mismo. Tampoco digo que las represiones sean necesariamente negativas, ni que hacer lo que uno quiere sea siempre positivo. Imaginemos, por ejemplo, que quiero entrar en un bar con un rifle y matar a todo el mundo. Mejor reprimirse, ¿no? Mucha gente ha visto en ese párrafo inicial de mi novela una crítica a la familia, pero no lo es. En otro sitio he dicho que criticar o alabar a la familia en abstracto no signifca nada, no tiene sentido. Otra cosa, muy distinta, es que algún miembro de la familia se otorgue la autoridad sobre otro miembro sin habérsela ganado a base de esfuerzo, amor y respeto. Eso es lo que se critica en mi novela y lo que tiene que enfrentar Roberto, el protagonista.
—Lleva mucho tiempo como profesor de español para inmigrantes, supongo que el personaje de Jacinta ha bebido de las experiencias de esas personas y de su choque cultural y social al llegar al ‘primer mundo’.
—Enseño español a extranjeros, pero con inmigrantes estuve sólo unos meses. Y sí, las experiencias que tuve con ellos tienen algo que ver con Jacinta. Pero también me inspiré en cualquier otra cosa: lecturas, discusiones con amigos, conversaciones escuchadas en el autobús… Un poco de todo.
—‘Asuntos propios’ es su segunda novela, publicada tras resultar finalista del Premio Herralde. ¿Ha tenido problemas para publicar sus libros? ¿Considera que los premios son una salida real?
—Respecto de los premios, la verdad es que no sé… Para mí, obviamente, el premio Herralde ha sido una salida real, y la experiencia de publicar en Anagrama un curso práctico y acelerado de humildad. Publicar es difícil, pero por mi experiencia, no sé qué les pasa a otros, creo que a veces los escritores nos complicamos un poco las cosas. Nos sentimos miserables si no nos publican, como si nuestra felicidad dependiera de eso. Y no es así. Hay que relajarse y disfrutar escribiendo para que valga la pena hacerlo. Es posible, a mí me ocurrió, que la ansiedad por publicar ocupe demasiado tiempo y energía en la vida de los jóvenes, y esa energía se pierde para lo creativo. Además los escritores tenemos suerte: piensa en lo que le cuesta a un director de cine que le produzcan una película y en las complicaciones técnicas que conlleva. Nosotros sólo necesitamos un ordenador viejo, y a veces ni eso.
—El libro ha tenido muy buenas críticas, ¿eso le anima para trabajar en nuevos proyectos?
—La simple publicación del libro ya fue suficiente como para animarme durante años. Lo de las buenas críticas me alegra muchísimo y también me alivia, porque soy, como tantos escritores (y tantas personas) demasiado susceptible a las críticas negativas.
—El protagonista de la novela, Roberto, es traductor, algo en lo que usted también ha trabajado, y le utiliza en el libro para exponer su forma de ver este trabajo y para criticar la forma en que se hacen muchas traducciones.
—Bueno, muchas traducciones son malas, pero es que eso es normal: vivir exclusivamente como traductor literario es poco menos que imposible, y quien lo hace no siempre tiene tiempo de detenerse en muchas sutilezas. Yo sólo he traducido un par de cosas, y no lo he hecho por el dinero sino para disfrutar y aprender. Si tuviera que comer de la traducción habría trabajado con mucha más prisa. Los traductores no son los únicos responsables de la calidad final del trabajo.
—Además de los libros colabora habitualmente en blogs y revistas literarias en internet, ¿cree que la pantalla acabará comiéndose al papel?
—Por el momento veo difícil que la pantalla se coma al papel, porque sus propias características dificultan tener una experiencia de lectura parecida a la que se tiene con un libro. No es que sea peor, simplemente es otra experiencia. Mientras lees en pantalla, estás a un solo clic de mirar tu correo, o escuchar tu música favorita en Youtube, o saber la última noticia de tus amigos en Facebook, o consultar cualquier periódico nacional o internacional, o… ¿Cómo es posible, en esas condiciones, leer más de cinco páginas seguidas? Habría que ser un monje budista para no responder a tanto estímulo. Internet te da cantidad y superficialidad, mientras que un libro suele centrarte: te protege de lo externo y te ofrece profundidad, estoy generalizando, claro: hay libros frívolos y webs fascinantes. Pero la sensación de estar totalmente envuelto y atrapado por una historia es difícil de conseguir en Internet. Por no hablar de que te dejarías los ojos en el intento.
—En sus críticas en Internet suele disparar contra la literatura de masas y eso que se conoce por el mundillo literario.
—Algunos libros son productos de consumo que se nos imponen globalmente, del mismo modo que se impone una marca de perfume o de tabaco. La gente no elige libremente esos libros, del mismo modo que no elige libremente sus zapatillas de deporte o sus gafas de sol. Primero nos dicen a quién admirar, por ejemplo un actor o un futbolista, y luego nos inducen a comprar las fruslerías que el tipo anuncia por la tele. Y ciertos libros se venden con estrategias parecidas. Te hacen creer que necesitas leer ese libro porque todo el mundo lo lee. Normalmente son textos profilácticos que no afectan ni aluden de un modo directo al lector, que no le comprometen. No hay peligro de indigestión. En fin, que no es como leer a Bolaño. No pasa nada, hay que aceptarlo. Los libros tienen precio, la literatura no. Por otra parte, llevo años escribiendo en Internet, creo que seis o siete, y he publicado cosas que ahora no suscribiría. Uno cambia mucho con el tiempo, y luego discute con lo que ha escrito.
—Salió de Eivissa hace ya años para estudiar y luego trabajar en Barcelona, ¿qué relación mantiene actualmente con la isla?
—Soy de Sant Antoni, y toda mi familia vive allí, así que estoy bastante conectado con la isla. Me gustaría visitarla más, aunque mis tres o cuatro escapadas anuales no me las quita nadie. Vivir fuera me ha hecho valorar la isla de verdad, porque a veces hay que tomar distancia para darse cuenta de las cosas. Veo Eivissa como un lugar muy plural, que absorbe y acepta lo nuevo sin apenas resistencia. Sin querer idealizarla, pero habiendo viajado bastante durante mi vida, me atrevo a decir que no debe de haber muchos lugares tan diversos y tolerantes.

Habiendo conocido al autor de pequeño me alegra comprobar la enorme madurez que destila en esta entrevista y sobre todo lo acertado del tema de su novela, la inmigración-la diferencia desde una óptica puramente humana, del cuerpo a cuerpo, huyendo de tópicos sensibleros y publicitarios.
Sigo reconociendo al Jose que conoc´´i, eso me alegra