Palabras que no se llevará el viento

Por Vicente Valero

Durante casi un siglo, la iconografía artística ibicenca, dentro y fuera de la isla, ha estado vinculada de un modo muy especial –y reiterativo– a las mujeres vestidas de payesa. La pintura costumbrista, la fotografía artística o etnológica, antes y después del turismo, han tenido en las mujeres y en su singular indumentaria un ‘motivo’ predilecto. Desde Laureano Barrau a Raoul Hausmann, desde Antoni Pomar a Català-Roca, desde Narcís Puget a Jussara, desde Rigoberto Soler a Joaquim Gomis, desde Florence Henri a Luis Amor, desde Tur de Montis a Amadeo Roca, desde Jean Selz a Portmany… La lista sería interminable y a ella habría que sumar a no pocos escritores que, con la palabra, han sabido también transmitir su extrañeza y singularidad. Postales, carteles publicitarios, películas… Hemos visto a esta mujeres, a través de todas estas imágenes artísticas y pseudoartísticas realizadas con mejor o peor fortuna, recogiendo algarrobas, saliendo de misa, guardando el rebaño, mirando a unas jóvenes turistas con minifalda, conversando con las vecinas, volando subidas en una escoba, en procesión, sentadas tranquilamente en el porxet de la casa…
El uso y el abuso de esta imagen ha convertido a estas mujeres en iconos ‘ibicencos’ de carácter publicitario, en pintura costumbrista y amable, consumida igualmente por los ibicencos –por nostalgia– y por los extranjeros –por exotismo–, en reclamo turístico para demostrar la supuesta ‘auntenticidad’ de la isla, en simpática estampa. El que no tenga en su casa alguna imagen de payesa vestida de payesa que levante la mano. Su presencia real, es decir, más allá de la iconografía, ha ido también acompañándonos, aquí y allá, casi como apariciones fortuitas, aunque cada vez, como es lógico, en menor medida. Las payesas, con sus vestidos ‘típicos’, han mantenido viva, sin saberlo, la simbología principal de la Eivissa del siglo XX: aquella que ha pretendido siempre demostrar que ésta era, sobre todo, una isla donde la tradición y la modernidad se encontraban indisolublemente unidas… Obviamente, ellas representaban el lado de la tradición.

Conversaciones vivas
Ni folclorismo ni costumbrismo. El libro que ha escrito Vicent Marí Tur Botja, titulado ‘Dones de pagesa: els treballs i els dies’, se encuentra completamente alejado de la iconografía tópica y típica de los artistas, ilustradores y grafistas publicitarios. Se trata de una obra que pretende y consigue dar voz a estas mujeres, comunicar al lector su calidez humana, su experiencia de vida. Si saber escuchar es o no una virtud no es ahora el momento de descifrarlo; lo que podemos asegurar es que, para escribir esta clase de libro, es al menos una habilidad necesaria. Está claro que, en el caso que nos ocupa, el autor ha sabido escuchar, porque, de lo contrario, ahora tendríamos un aséptico catálogo u otro aburrido tratado de antropología. Vicent Marí Tur ha conseguido que 66 mujeres que todavía siguen vistiendo de payesa hablen, nos cuenten su vida, nos digan lo que piensan y sienten, cómo fue su juventud, cómo era su pueblo, su familia…
Las 66 mujeres que toman la palabra en ‘Dones de pagesa: els treballs i els dies’ conforman un mosaico vivo de la Eivissa rural. Lo de menos, a decir verdad, es que continúen vistiendo de payesa. Esto haría del libro una simpática anécdota si no fuera por la vida que emana de sus páginas, por la experiencia, por el conocimiento que aportan sobre muchísimos aspectos de la sociedad campesina de la isla. Nos acercamos a sus casas y en ellas encontramos una vida vivida, gastada ya en algunos casos hasta la extenuación. Dolores y alegrías, recuerdos y vivencias afloran con naturalidad, gracias también, en parte, a la confianza que el autor del libro ha sabido ganarse durante sus encuentros, sus visitas.
Porque, efectivamente, el libro está estructurado en forma de visitas que Vicent Marí Tur realiza a cada una de las 66 mujeres. Es un acierto por su parte el haber mantenido en la obra su papel de interlocutor, su función de buscador. No disminuye en absoluto el valor documental del libro y al mismo tiempo le confiere un carácter de proximidad que, de otro modo, seguramente, no habría podido tener. Así que, en cada uno de los capítulos, asistimos a una conversación viva, a un encuentro que se resuelve de muy diversas maneras, según el ánimo de las protagonistas, pero siempre con la expresividad y el talento narrativo de quien se ha puesto a escucharlas.
Por supuesto que no basta con haber sabido escuchar. El libro está muy bien escrito, con gracia, con unas descripciones que demuestran un conocimiento literario profundo, cuidando siempre de transmitir la espontaneidad de sus protagonistas, trasladándonos una y otra vez el lenguaje propio de cada una de ellas, de manera que a veces se diría que no solamente son las últimas en vestir de payesa, sino también las últimas en hablar de la manera que hablan. Doble pérdida, por tanto.
Estas mujeres, nos dice el autor en la introducción del libro, «encarnan un patrimonio». Ciertamente es así. Nos hablan de su infancia y de sus noviazgos, de su boda y de su viudedad, de sus partos, de sus hijos y de sus nietos, de sus trabajos y sus días, en un mundo que fue y que ha dejado de existir. Un patrimonio excepcional que sólo la memoria puede salvar. Es en este sentido en que este libro ha sido escrito con voluntad de ser, en la medida de lo posible, esta memoria.
Para quienes sólo habían visto a estas mujeres vestidas de payesa en cuadros, fotografías y postales, este libro será un descubrimiento extraordinario: la ocasión de escuchar la voz de aquellas imágenes tan repetidas, de comprobar hasta qué punto la vida supera y desborda cualquier representación artística o caricaturesca, por muy bien hecha que esté. Para quienes tuvieron la fortuna de conocer, poco o mucho, a sus abuelas o bisabuelas, una manera digna de volver a recordarlas…
Algunos leerán este libro con nostalgia, con un sentimiento de pérdida irremplazable. Otros, más bien con alivio, pensando que nuestro mundo de hoy es infinitamente mejor y más amable. Ambas maneras de leerlo son, me parece, igualmente lícitas.
Sea como sea, lo cierto es que podemos decir que Vicent Marí Tur Botja ha escrito un libro destinado a perdurar.

No hay comentarios. Escribe el primero.

Escribe un comentario