Sombras fecundas

Por Vicente Valero

José Ángel Cilleruelo
Ed. Prensas Universitarias
de Zaragoza, 2011
Vitrina de charcos
Ediciones Traspies, 2011
Una sombra en
Pekín

Las historias de José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) anuncian sueños irrealizados. La de aquel profesor vanguardista polaco en ‘Al oeste de Varsovia’, publicada en 2009, que mereció el Premio Málaga de Novela. O la de este afinador de pianos chino que ahora protagoniza la novela breve ‘Una sombra en Pekín’. Personajes que aspiran a ser pero que no son, sombras en definitiva.
‘Un sombra en Pekín’, publicada por Ediciones Traspies, es una espléndida novelita que gira en torno a la vida de un afinador de pianos, heredero de una saga de afinadores, pero el último de la misma. Es este mismo personaje, además, quien se ocupa de contarnos la historia familiar y propia. Enfrente, la familia poseedora de los pianos –la Casa Grande–, cuyos cambios generacionales en sensibilidad y ambiciones determinan el destino de los afinadores. Tradición y modernidad en disputa, arte y especulación, en una fábula china que otorga a sus protagonistas nombres de animales: desde Sha Yú (tiburón) hasta Kông Què (pavo real) o Tù Zi (conejo). El libro está ilustrado por Juan Gonzalo Lerma.
Divertimento lírico, ‘Una sombra en Pekín’ aborda sin embargo heridas del alma, el fracaso y el desamparo, y lo hace a través de una narración que reordena un pasado para explicar un presente, que evoca figuras y fantasmas para diseñar mejor al personaje principal, el que cuenta, el que no ha podido ser lo que debía haber sido: el solitario en un mundo que no ha conseguido que fuera también el suyo y a quien la sabiduría de los antepasados no ha podido tampoco salvarlo de la derrota.
José Ángel Cilleruelo publica también ahora ‘Vitrina de charcos’, un conjunto de poemas en prosa. Cada pieza busca, en primer lugar, un formato que parece sentir nostalgia del soneto, una dimensión fija pàra el decir: «Busqué el molde –afirma el autor– que resultara más adecuado para este fin. Al descongelarse las 154 sílabas de un soneto, como el líquido ocupa más espacio que el sólido, comprobé que el charco que quedaba tenía excatamente cien palabras. Como todos los poemas que se exponen en la vitrina de este libro.»
Como en el soneto, en estas cien palabras cabe el mundo. El mundo que percibe un poeta, hay que añadir, que está hecho siempre de hiladuras finas, con tramas secretas y dibujos superpuestos. Y en estos mundos de palabras cabe también toda la poesía de Cilleruelo, siempre abordando la realidad desde ángulos casi invisibles, donde más a gusto se encuentra, agazapado, a la espera del pájaro que vuela y al que hay que seguir para entrar en el reino de lo real inmediato, de las cosas que pasan.
Como epifanías, los poemas en prosa de José Ángel Cilleruelo revelan la cualidad de la palabra poética en primer lugar, pero no menos su capacidad para nombrar lo que vemos y lo que hemos aprendido de una manera eficaz. Como notas a vuela pluma, en estos textos palpita el corazón de lo real con la fecundidad de la poesía. «Abandona el poema sobre un banco del paseo. Al levantarse, el sol se sitúa por detrás y de un salto le adelanta su sombra: así juntos, en esta lánguida compañía, les verá alejarse bulevar arriba quien descubra la hoja y al desdoblarla no sepa el idioma en el que ha sido escrita.»

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